Extremadura, donde el mayor lujo es lo que nos regala la tierra

Por sus alojamientos singulares, sus chefs que miman el producto local, su despensa única y su patrimonio vivo, Extremadura es uno de los mejores destinos gastronómicos de Europa.

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Pero el viajero que llega a Extremadura busca también, o quizá sobre todo, sentarse a su mesa. Y lo que encuentra detrás de cada plato es una materia prima con historia y nombre propio. La región atesora 18 figuras de calidad diferenciada: doce Denominaciones de Origen Protegidas (DOP) y seis Indicaciones Geográficas Protegidas (IPG).Estos distintivos la colocan en un lugar destacado del mapa gastronómico nacional. Son el aval de productos como el jamón ibérico, los aceites de oliva vírgenes extra, la miel, el pimentón, la cereza o los quesos artesanos.

Entre los más reconocidos está Dehesa de Extremadura, que ampara los jamones y paletas de cerdos ibéricos criados en las dehesas extremeñas. Los de bellota, claro, son los más codiciados: esa infiltración de grasa en la magra es lo que marca la diferencia entre un buen jamón y uno inolvidable. Luego está el Pimentón de la Vera, seña de identidad de la región, capaz de vestir un plato con ese rojo terroso que sólo se da en la Vera, y que sigue secándose con leña de encina como se ha hecho siempre. Su aroma ahumado lo delata nada más abrir el bote.

Y en el terreno de los quesos, la variedad es tan grande como la calidad. La Torta del Casar, con esa textura cremosa que invita a untar sin parar y ese punto justo de amargor que le otorga el cuajo vegetal, es quizá la más famosa. Pero no hay que perder de vista a los quesos de la Serena, de Los Ibores o de Acehúche, cada uno con su personalidad propia: el primero, mantecoso y con carácter; el segundo, de leche cruda de cabra con esa corteza untada en pimentón; y el de Acehúche, más reciente en su reconocimiento como DOP, pero con una tradición quesera que viene de mucho más lejos.

Las tres DOP de aceite (Monterrubio, Gata-Hurdes y Villuercas Ibores Jara) son la prueba de que, en Extremadura, el buen aceite también se hace con sello de calidad. Cada una con su carácter: el de Monterrubio, equilibrado y potente; el de Gata-Hurdes, afrutado y con personalidad; y el de Villuercas, menos conocido pero con la misma excelencia. Todos son vírgenes extra de categoría, de esos que notas nada más probarlos.

Y si el aceite es el oro líquido que acompaña todo el año, la primavera tiene su propia joya: la Cereza del Jerte. La variedad picota (esa que no tiene rabito) se convierte durante estas fechas en la reina de las frutas gracias al particular microclima del valle, que le da un dulzor y color únicos.

Los vinos de la DOP Ribera del Guadiana, con sus seis subzonas (desde Tierra de Barros hasta Montánchez), ofrecen tintos, blancos y rosados que guardan en cada trago la memoria del paisaje extremeño. Entre sus blancos, la uva autóctona cayetana es otra de las joyas: fresca, con personalidad y cada vez más presente en las mesas de aquellos paladares que buscan algo diferente.

A estos productos con nombre propio hay que sumar las carnes amparadas por sus sellos de calidad: el Cordero de Extremadura, la Ternera y Vaca o el Cabrito, todos de razas autóctonas criadas en libertad. Sin olvidar la Miel Villuercas Ibores, con su aroma a retama o castaño, otro de esos tesoros que la tierra extremeña regala. Y a la espera de que el Garbanzo de Valencia del Ventoso consiga su propio sello, la familia de productos con pedigrí sigue creciendo.

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